martes, 12 de octubre de 2010

Literatura & otros drinks


-¿Conoces al Bukowski boliviano?- me dijo un librero cerca de la Av. Buenos Aires en La Paz.

Así empecé mi búsqueda de la obra de Victor Hugo Viscarra (1958-2006), sin duda, unas memorias en las cuales literatura y alcohol no pueden entenderse como algo distinto, sino el conjunto mismo de la creación.


Os dejo un fragmento de unos de sus relatos: Cicatrices de la vida.


Nací viejo.

Mi vida ha sido un tránsito brusco de la niñez a la vejez, sin términos medios.

No tuve tiempo de ser niño. Hay una pelota nuevita, guardada en algún rincón de mis recuerdos. Lo más lógico ha de ser que yo sea un verdadero niño cuando me llegue la vejez. Para ella, es cierto, uno tiene tiempo de sobra. Presumo que ha de ser a los cuarenta y nueve añños, pues si llego a los cincuenta me suicido. Nacionalizo una pistola y me pego un tiro.

Hablar de mi niñez, si vamos a llamarla así, es muy fregado. Quisiera olvidar ese período, pero es imposible. No tengo nada grato que recordar y los hombres que recuerdan con tristeza su infancia -no porque se les haya ido sino porque han sufrido mucho en ella- nunca más podrán ser felices.

¿Dónde andará, por qué caminos se extravió el niño que fui? Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el que habita en mi debe ser muy triste.

Viviamos en un departamento de la calle Constitución. Mi madre atendía una pensión, famosa por los caldos de cabeza de cordero. Como no había empleada que la aguantara, mi hermana y yo la ayudábamos. Dormíamos en una sola cama: las dos mujeres en la cabecera y yo a los pies. Apenas empezaba a clarear y el caserío de Challa-Pampa emergía de entre las brumas, mi madre estiraba un pie con violencia y yo abría los ojos en el suelo. Mi hermana era la más perjudicada por ese sentimiento maternal, pues, como estaba a mano, despertaba con un pellizco. La pobre también ha de esconder la niña triste que tiene en el fondo....


("Cicatrices de vida"; Borracho estaba, pero no me acuerdo.)

sábado, 7 de agosto de 2010

Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (W.S Burroughs y J. Kerouac)

Aquí tenemos la primera novela Beat. Jack Kerouac, acostumbrado a que editores desestimaran su obra y consciente de su talento literario, guardó durante años el manuscrito realizado a dos manos con su gran amigo William S.Burroughs. EL estilo es puramente Beat y relata el comienzo del mito de toda una generación que parece surgir del desastre conocido por el asesinato del joven Lucien Carr a Kammerer. Todo lo que rodea a este grupo de amigos podrían denominarse extremos puntiagudos y vivientes: el alcohol, las relaciones homosexuales en una época difícil para su práctica, las drogas, el vivir al día con el rostro del artista que pide de prestado...; todo en su conjunto supone un documento autobiográfico y excitante.

Para los avanzados o curiosos de la Beat Generation poco cabe explicar de la novela, simplemente es fácil reconocer a los miembros de la generación entre los personajes, un realismo que habla de ficción, una ficción sobre la ficción primitiva que es la vida. En el libro todo late y respira. Perfecto para leerlo del tirón y de resaca.


jueves, 5 de agosto de 2010

Boris Vian: (música, cocina y literatura)



Moriré de un cáncer de columna vertebral
Será en una noche horrible
Clara, cálida, perfumada, sensual
Moriré de podredumbre
De algunas células poco conocidas
Moriré de una pierna arrancada
Por una rata gigante surgida de un agujero gigante
Moriré de cien cortes
El cielo caerá sobre mí
Se hará añicos como un vidrio pesado
Moriré de un grito
Que reviente mis tímpanos
Moriré de heridas sordas
Infligidas a las dos de la madrugada
Por asesinos indecisos y calvos
Moriré sin darme cuenta
De que muero, moriré
Sepultado bajo las ruinas secas
De mil metros de algodón derrumbado
Moriré ahogado en aceite de motor
Pisoteado por bestias indiferentes
Y, justo después, por bestias diferentes
Moriré desnudo, o vestido de rojo
O cosido en un saco con cuchillas de afeitar
Moriré quizá sin preocuparme
Del esmalte de uñas en los dedos del pie
Y con las manos llenas de lágrimas
Y con las manos llenas de lágrimas
Moriré cuando me despeguen
Los párpados bajo un sol rabioso
Cuando me digan lentamente
Maldades al oído
Moriré de ver torturar a niños
Y a hombres asombrados y lívidos
Moriré roído vivo
Por gusanos, moriré
Con las manos atadas bajo una cascada
Moriré quemado en un incendio triste
Moriré un poco, mucho,
Sin pasión, pero con interés
Y luego cuando todo haya acabado
Moriré.


martes, 27 de julio de 2010

Ficción 1

Había tomado. Le gustaba sentir que sus ojos no iban a parar a ningún punto fijo, que era observable sólo a la mitad, como si su cuerpo fuese una tremenda grieta reparada con cemento barato. Solía inventarse todo, hasta el más mínimo suspiro, hasta la sensación más necia del simple amargor de su copa. Era inalcanzable y por eso mismo todos podían estar con ella, aguantar sus largos discursos sin percatarse que lo que realmente decía algo de quién era suponía un silencio ininteligible. Así dejaba caer la boca al filo del cristal cuando la sed no era esa ni ninguna otra que se pudiese encontrar dentro de la medida del espacio. La realidad eran pequeñas dosis de ficción, de noches que podían abarcarla y llenarla de dramatismo. Su existencia era ilógica. Su corazón, una bombona de butano.

sábado, 17 de julio de 2010

Parcelas y ladridos

A media noche viene a visitarme un vecino, se trata de un perro que va arrastrando su lengua ante la soledad de un sábado casero. Las soledades no están tan solas como uno cree, simplemente son comienzos repetidos de otros comienzos. Hunde sus ásperas uñas en mis muslos, reclama lo que todos. Aquí, donde me vi nacer -o me vieron o no fui ni siquiera advertida- prometí la tregua al poema, presintiendo la labor de esculpir cada de uno de los pensamientos en pequeñas y paralíticas narraciones; cosas inútiles, sacarinas, mantas ante el sudor. La noche viene a visitarme porque me estoy dejando arrastrar por lo minucioso, intentando no construir otras ficciones sobre la ficción primitiva. Me encuentro jadeando en unísono con quien vive en la casa de al lado, en plena sapiencia carente de cualquier adjetivación de intelectualidad que descubre la falacia, las parcelas que nos hacen juntarnos, a él y a mí, a él y a ellos, a todos.

Se sienta a mi izquierda, resoplando a cada calada de un cigarrillo cuyo destino era arder, con las orejas estiradas hacía un lugar en el que no estuvimos nunca pero como si hubiese que ir en algún momento. Los perros no proyectan el futuro, su lenguaje siempre es un presente variable. Un ahora ladro y quiero decir algo que en otro fragmento temporal será un cosa diferente, pero el mismo ladrido. El tú y el yo debería de ser así, el ellos y aquellos, también. Pero no. Decidimos que no va a funcionar, que el paso del tiempo será todo fracaso, que allí no iré, que yo nací aquí, que, que, que, ¿Qué?. Los barrotes al proyectarlos se hacen tan largos y la mirada ya estaba educada antes de entrar. Mi vecino se tumba apoyando las barbas que le cuelgan del hocico en sus patas paradas. No hay juicio, aquí ahora no, porque su lengua entró aún sedienta, se alojó a sí mismo en el silencio que somos y ya éramos. Pero sé que al levantarme de esta silla, la sacará con fuerza para refregarla contra mis pies descalzos. Él -mejor que nadie- sabe que los pies son importantísimos para estirar las orejas en medio de un aparente silencio e ir hacía allí, aún así cuando no vas a ninguna parte. Y todo es comienzo. Y todo es ahora. Y ese ahora nunca fracasa, porque sí lo llegará a hacer ya sería un pasado. Ya sería otra noche y no ésta. El perro colea el suelo. Yo, le acaricio el lomo. ¿Para qué más?

miércoles, 14 de julio de 2010

Soy un pez globo



Nunca la conoceré del todo
Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato


La palabra tiene su terrible limite. Más allá de ese límite está el caos orgánico.
Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno.
Clarice Lispector


Mi corazón es una esponja, una caja negra que recoge
todo cuanto sucede.
Elena Medel



Ilustración: Irmapudor (Gracias)

lunes, 12 de julio de 2010

Uno vuelve a casa por esa tradición del verano; transige con la mala fortuna de haberse hecho a base del silencio que impide esa acción de consentir. Dice una canción de Sabina : "donde uno fue feliz no debiera jamás de volver". Sabio él, que sabía quedarse con el ahora sin proyectar ningún tipo de futuro. La cruel expectativa siempre es sacarina.


Un poema de Alejandro Schmidt diría:


QUÉ ES LA SOLEDAD

un vaso de agua que se pudre

mientras las bocas viajan por el día.